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Cuartillo de aceite… en la otra esquina

  • hace 2 días
  • 4 Min. de lectura

René Martínez Pineda

Sociólogo y Escritor (UES-ULS)

(@ReneMartinezPi1)


Este país era, hace dos décadas, una orgia de sangre a cielo abierto, una tormenta interna de azotes y exhibición de coronas de espinas como contraseña para sobrevivir un día más, una urgencia por ir a sacar, con dispensas de trámite, el pasaporte que nos llevaría a la tierra prometida del sosiego nocturno; la llave del candado metida entre las tetas para que nadie nos la robara. El miedo, el dolor, la agonía de los minutos plagados de ausencias, la ignorancia que sodomizaba al saber, la democracia perfecta del victimario como sofisma de la traición más grande de la historia, la sociología como narrativa de la negación de todo, hasta de nosotros mismos; jugar cuartillo de aceite con la justicia social, porque cuando la solicitábamos en los juzgados, siempre nos respondían “en la otra esquina”… pero este país no tenía esquinas.   


En ese entonces, tan lejano en el tiempo y tan cercano en el dolor, todas las calles desembocaban en la calle de la amargura. Del otro lado de Catedral, iniciaba el jardín del calvario de las víctimas. San Salvador, un recuerdo folclórico, una camiseta publicitando una cerveza imbebible y promiscua, para olvidar el miedo, dos pususas revueltas en corrupción con loroco. La Ciguanaba bailaba sensualmente por las tardes, de martes a domingo, en el parque Libertad y, en los días de asueto, consolaba la flacidez del espíritu de los hombres de paso -por un módico precio, con cuarto incluido- en la melancólica pensión, “Palo Verde”, y si el cliente no tenía dinero, pero era un visitante asiduo y un amante fiel de la Constitución, podía pedir fiado el servicio (siempre y cuando no incluyera posturas acrobáticas ni oralidades), o pagarlo recitando “el nido”, de Alfredo Espino, frente a la foto del Papa de turno. 


Por ese entonces, yo coleccionaba mariposas de dos cabezas e investigaba, sólo porque si, el secreto de la luciérnaga en las sombras de la madrugada, y escribía poemas y cuentos que nadie iba a leer, porque sabía que eso era la explicación de la nostalgia que rondaba los muchos enamoramientos a muerte que sufrí, pero el amor por la lucha utopista era siempre más fuerte -quizá por su platonismo- hasta que descubrí que no es lo mismo hacer el amor, que coger. Es más celestial y crítico y drástico lo segundo, sin duda alguna, porque siempre va acompañado de silencios y olvidos pactados que no dañan a nadie.


La utopía -como metáfora certera de lo mundano que no queremos, o no podemos mencionar, con nombre propio, por aquello del pudor o del peligro inminente- siempre amanecía a mi lado, desnuda y tibia, y hasta sentía que me tocaba con el silencio eterno de su cuerpo, mientras yo la acariciaba con los dedos de los ojos. Ella tocaba y yo acariciaba, eso era un absurdo procesal, porque debió haber sido al revés. En esos días que eran comidos por las horas -y eso no era un absurdo- se hablaba de política sólo en las cafeterías bohemias y en los cines calientes para mayores de 21 años, combinando el repudio “al Mayor” con la admiración de las proezas irrepetibles de “garganta profunda” (un ícono del cine mudo) y el fomento del placer egoísta y alcalino provocado por la geografía indómita de Laura Gemser, la consejera cultural por excelencia de mi generación.   


Me pude adaptar a esos absurdos de las crisis coyunturales y hasta los consideré como algo normal en un país que era anormal, por lo que podía pasar, con un tan solo gesto, del miedo a la represión masiva de la carne, a una sopa de frijoles con pellejo de tunco, y luego salir a ver pasar la realidad en la descascarada esquina de la muerte, en la intersección de la 10ª avenida norte y la 3ª. Calle oriente, mientras tarareaba "let it be”. El caos de violencia en el que vivíamos -un juego de niños, si lo comparamos con el caos de los años dos mil- era, en realidad, el orden que precedió a la transformación social propiciada -como fe de errata- por el turno del ofendido que dejó de jugar cuartillo de aceite y se puso a responder las cartas amenazantes que le enviaban sin sello postal.


Para ella, hablo de la utopía social, el caos era la premisa del nuevo orden, así como la “tripa chuca” era el mapa de la historia en construcción, de la misma forma que jugar al “cuartillo de aceite” era ensayar las peticiones de justicia social en los lupanares institucionales de la injusticia. Todo eso lo supe una tarde, cuando ya era muy tarde, luego de ordenar sus recuerdos en al armario del pecho, gaveta izquierda, que es el lugar en el que guardo las fotos de mi abuela y mi mamá junto al álbum del mundial de España 82; el primer libro de sociología que leí, en secreto, bajo la luz de un candil; los mechones de pelo de mis hijos, envueltos en los pétalos de una flor amarilla; el libro “veinte mil leguas de viaje submarino”, y el manuscrito del poema “el seminarista de los ojos negros”.


Qué manía tan dulcita y necesaria esa de guardar, bajo doble llave, todas las cositas y rostros que le dan sentimientos a nuestros cuerpos, por si en la vejez lo empezamos a olvidar todo y ya no sabemos cómo regresar a casa, aunque la luna nos agarre de la mano, como cuando niños, para llevarnos al patio en el que jugamos “cuartillo de aceite” y nos prometa que, esta vez, no nos mandarán a la otra esquina.

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