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Las Semanas Santas de Caifás (1)

  • hace 4 horas
  • 4 Min. de lectura



René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

Sociólogo y Escritor

 

Aunque el ritual es similar, la repetición infinita de la misma muerte tiene designios distintos en cada contexto. En la Era de la gran delincuencia –recóndita y punzante, a fuerza de profetas obscenos y turíbulos funerarios- la Semana Santa funcionaba como el fetiche perfecto para inmovilizar a la población, porque había una contradicción más fuerte entre el ritual de sumisión propuesto por la iglesia, y la demanda de buenas nuevas de quienes se abrían paso entre el incienso perdonador de todos los pecados, por igual: los del usurero y los del ladrón de centavos; los del político corrupto y los del maestro abnegado; los del genocida barrial y los de el que mató por defender a sus hijos; los del demagogo sofista y los del alquimista que, al oírlo, se suicidaba con la soga del tedio.


Hay que recalcar que, en esos años, el ritual religioso buscaba una rebelión irreal, y estaba diseñado para que el imaginario cargara, como pesada cruz, los signos de una violencia soportada con resignación cristiana, crucifixión tras crucifixión. Esa muerte repetitiva y gloriosa, en su sadomasoquismo, llevó a los salvadoreños a mostrar su penosa situación a través de una tercera persona que consideran superior a ellos (ese era su consuelo), y que les decía, al oído, que hay que meter la otra mejilla. Así, la comunión de los salvadoreños con Jesús era, en esas cuaresmas de sangre, la táctica para transmitirle, a él, los dolores sin gloria de ellos, en el contexto de los rituales del martirio, así en la tierra como en las tumbas clandestinas.


Esa transmisión ritual, era un intento desesperado por hacer intangible lo tangible (subjetivación de lo objetivo) en el espacio del mundo sociocultural de una religión católica que, impasible, usó el Rosario para contar muertos, convirtiendo la realidad en imaginario pascual y el sufrimiento en una cruz de cenizas. En ese contexto paradójico, las palabras no encontraban su lugar en la misa de sangre, ya que brotaban de la lucha de la imagen con la realidad, una lucha de extremos que consistía en verlo asesinado (a Jesús) cada Semana Santa, pues si él había sido asesinado impunemente -sin meter las manos-, cómo podía un simple mortal no aceptar ser asesinado por su prójimo.


En las procesiones de los años-sangre -reflejo de lo que sucedía en el país- era fácil distinguir tres grupos: participantes (personas humildes que vivían asediadas por la plaga del crimen, protegidas sólo por un relicario); observadores (los que, parados en la acera para ver pasar la procesión, guardaban un silencio cómplice, debido a que se lucraban con la sangre derramada); y penitentes voluntarios (los que ofrendaban su cuerpo -diezmo corpóreo- para que la lepra de muerte tuviera carne que comer). Ese martirio colectivo era constitucionalizado por los abogados de Herodes, quienes defendían el debido proceso en favor de los victimarios, en un vaho de silencio sepulcral acompasado por las matracas que imitaban el llanto de las chicharras para callar el llanto de las víctimas. El panorama era simple: imágenes vivientes y cuerpos sin vida que las cargaban.


En ese entonces, el salvadoreño creía que la imagen de Jesús lo miraba, mientras él la miraba, porque ambos estaban juntos más allá de la vida y la muerte, y por eso se consolaban entre sí. Ese era el milagro mayor, de la semana mayor, hecho por la iglesia que, en ese entonces, optó por glorificar a Caifás -un victimario intelectual-, y no a Jesús, una víctima indefensa. Era una mirada mutua con materia, aunque carecía de espacio; no era el morbo el que llevaba a las personas a presenciar –año tras año- las torturas, el calvario y el asesinato de otro, a través de la imagen y los ritos, sino que era la táctica del victimario para que lo repetitivo de la crucifixión normalizara la muerte -y legitimara al victimario- instalando una “mala adaptación cultural” en los tiempos del miedo.


Readecuando los ritos, para darles significado, en las primeras dos décadas del siglo XXI, los salvadoreños participaban en el santo entierro para darle un tinte teológico al país-crimen en el que estaban enterrados. Entonces, la participación en esos rituales tenía una connotación martirial, la cual era azuzada por algunos curas constitucionalistas que afirmaban que, para ser fieles cristianos, la feligresía tenía besarle los pies al criminal. Eso era un mea culpa tan inicuo como injusto. En esos años, los salvadoreños querían ver y vitorear, a Jesús, cuando salía de la iglesia cargando la cruz, pues les consolaba saber que no sólo ellos llevaban puesta una corona de espinas. Y cuando la procesión pasaba frente a la multitud, con sus ruidos estrafalarios y olores a santidad, Jesús cobraba vida en sus ojos y sentimientos, mientras ellos rezaban para que la bendición de Lázaro llegara hasta sus familiares asesinados.


¿Cuál es la magia en ese “mirarse” mutuamente? Es vivir el efímero momento de sentirse divino o amigo de la divinidad, ya que, según los creyentes, Jesús los miraba porque los considera sus iguales, tanto así que murió en representación de ellos. Todo lo anterior generaba un fervor litúrgico acompañado por una sensación de paz nostálgica que sacaba, de entre los muertos, a los seres queridos asesinados para llevarlos al paraíso prometido de la justicia, al menos una semana, después de la cual los creyentes volvían a comer el fruto prohibido de la impunidad. Por eso, las lágrimas litúrgicas sabían igual que las cotidianas; por eso, las matracas besaban el silencio; por eso, los susurros de piedad eran incapaces de derrumbar el templo de la perdición, para reconstruirlo como nación pacífica en tres días. Pero no fueron tres días, fueron tres décadas.

 

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